sábado, 8 de diciembre de 2012

Hay días y días...


Amigas, amigos:

Este año he escrito poco, muy poco, apenas un par de veces con ésta, y no sé si volveré a hacerlo antes de volver a España. Me queda poco tiempo aquí.

Como comentaba hoy vía e-mail con un buen amigo en Valencia, todos los años hay cosas que me desbordan, que me desbordan absolutamente, y sin embargo todo esto me sigue atrapando.

Este año he visto, oído y/o vivido cosas terribles (también otros años, es cierto) y a veces el desánimo es desolador. De hecho esta tarde me ha dado por llorar. Supongo que me hacía falta “explotar”.

En muchas ocasiones de nuestra vida tod@s nos planteamos si estamos haciendo bien las cosas, y hoy, que me he dedicado 100% (bueno 80%... ó 60%...) a mí misma y a mis reflexiones, me han asaltado todo tipo de dudas acerca de la manera de hacer las cosas, de lo que hago aquí y cómo lo hago, de las decisiones que tomo, a veces pequeñísimas decisiones que luego se me clavan en las entrañas.

Por ejemplo, hoy he dedicado un par de horas a recorrer el mercado para comprar algo de ropa a Blaise, ya que, como os dije, cuando le encontré iba con lo puesto, y eso es lo único que tiene. Afortunadamente le han salido montones de padrinos/madrinas en España (nunca os lo agradeceré lo bastante). Como decía, he comprado algo de ropa en el mercado y unas chanclas. Las que le compré el primer día que fuimos al hospital se las compré pequeñas. Apenas un par de conjuntos de camiseta y culotte (del Barça y de la selección de Costa de Marfil) y un traje estilo africano que le daré para cuando salga del hospital, para que vaya bien guapo J

Estos días que andamos de hospital, tanto él como su tía se han quedado en casa de unos familiares aquí en Gaoua, con lo que de vez en cuando voy a visitarles para ver a Blaise. Son muchísimos de familia. Un montón de críos y crías de todas las edades, todos ellos descalzos, con apenas unos harapos, que corretean por el patio o por la calle llena de basuras y piedras.

Hoy he llegado allí después del mercado para darle las chanclas y las camisetas a Blaise. Como cada vez, me ve y corre hacia mí sonriendo, y me abraza fuerte. Me llena de vida. El resto de críos de la prole me ve y también viene hacia mí. Todos me quieren saludar, soy la toubabou (blanca, en lengua local), la tantie de Blaise. Le he dado las chanclas a Blaise, ya sospechando que estaba metiendo la pata. Claro, el resto de críos me preguntan “¿y para mí no hay?”. Las palabras me atraviesan. Todos ellos están descalzos, sucios y harapientos (lo normal aquí). No tengo para nadie más.

La bolsa en la que llevaba las camisetas se la he dado a la tía de Blaise y le he dicho que lo guarde para cuando no estén todos los críos. Conforme lo decía, me parecía absolutamente mezquino. Me preguntaba “¿qué coño estoy haciendo?”. Me he despedido rápido (bueno, antes me ha sucedido algo que luego contaré) y me he venido a casa. Seguramente mañana compre 10 ó 12 pares de chanclas en el mercado y se las daré a los críos de la familia. Pero ¿es lo correcto? ¿Por qué esta familia y no la del al lado? ¿Dónde pongo el límite? Si quisiera, podría comprar chanclas para todo el barrio. ¿Es lo que debo hacer? ¿O debo hacerlo para toda la ciudad? ¿Y no será mejor para todo el país? ¿Y por qué no para todo el continente? ¿Y…? Ufff…  No sé si me explico… No me  resulta nada fácil “gestionar la miseria ajena”, nada fácil. Y por otra parte ¿quién soy yo para pretender gestionar la miseria de nadie?

Preguntas y preguntas sin respuesta que me ponen el cuerpo del revés y me hacen cuestionarme muchas cosas.

Lo otro que me ha sucedido antes de despedirme de Sally, la tía de Blaise, y del propio Blaise, es que se ha acercado un señor, mayor (bueno, lo de mayor es relativo porque aquí con 40 años parece que tengan 60, y los de 60, 80), que hablaba en lobiri (creo) y se ha puesto a hablar con Sally. Le pregunto a Sally que qué dice y me cuenta que está preguntando que por qué no le opero a él también. Me quedo muda. El señor me muestra sus testículos: lo mismo que Blaise, el mismo problema. Yo no sé qué decir. Le pregunto a Sally si es de su familia (ya empezando a hacer números y cábalas a ver si también lo llevo al hospital). Me dice que no, que le acaba de conocer, como yo. Él dice que es el vecino de enfrente. Le he dicho “bon courage” y ahí es cuando me he despedido. Vuelvo a hacerme mil preguntas. Aquí, el “mal” de Blaise es absolutamente común, hay mucha gente como él; eso lo he sabido en estos días. ¿Es que puedo operar también a este señor? ¿Y por qué no preguntar en el barrio cuánta gente tiene el problema? ¿Y en la ciudad? ¿Por qué no operarles a todos en todo el país? ¿Y en todo el continente? Otra vez la cabeza de vueltas sin parar. ¿Dónde está el límite, dónde?  ¿Qué derecho tengo yo a decidir quién sí y quién no?

Mañana volveré al mercado para comprar una mochila y algo de material escolar para Blaise. Me volverán las dudas. El día que vuelva al colegio tendrá una mochila nueva (vamos, una mochila, porque antes ni nueva ni vieja), cuadernos, una linterna (por supuesto no hay luz en Holly). ¿Qué pasará con el resto de críos y crías de la escuela? ¿Y si le estoy creando un problema porque es “el elegido”? ¿Me explico?

Probablemente dedique parte de los fondos recibidos para él en mejorar las condiciones de la escuela de Holly. Al fin y al cabo es su escuela. Son muchas las necesidades allí. Será una manera de mejorar la calidad de la enseñanza de Blaise y del resto de críos/as. Puede ser una manera de evitar agravios comparativos, sin duda generadores de problemas,  pero ¿por qué no la escuela de Djicandó? (la primera que visité, que está en condiciones similares, como TODAS aquí en la brouse), ¿por qué no todas las de la comarca de Gaoua? ¿Por qué no todas las de Burkina Faso? ¿Y por qué no en Mali, y en Liberia, y…? Buff…

¿Impotencia o prepotencias? ¿O ambas cosas? Las dos me superan...

Perdonad el rollo, pero escribiendo me libero un poco de todo esta congoja que llevo hoy encima. De ahí (y de otras muchas cosas) el llanto de hace un rato.

Entre esas otras muchas cosas terribles que veo, oigo y/o vivo aquí, está el asunto de “las brujas”.

Hubo un donante de ayuda para Blaise que me solicitó que, si la operación ya estaba cubierta, que por favor destinara su dinero (el que él donaba) al centro de brujas de Ouagadougou. A través de la periodista que publicó el artículo sobre Blaise, me hace llegar los datos, y me cuenta vía e-mail qué es eso del centro de brujas.

El centro de brujas es una especia de asilo para mujeres que han sido expulsadas de sus aldeas acusadas de brujería. Historias terribles. Si un niño muere inesperadamente, u otra persona, o viene una desgracia a la familia, una mala cosecha, qué sé yo… acusan a alguien de brujería; si se ha tratado de una muerte, dicen que ella ha comido su alma, etc. Son golpeadas y, en el mejor de los casos, sobreviven y buscan cobijo en uno de esos centros (hay varios de ellos en Ouaga). Nunca podrán volver a sus casas. En la mayoría de los casos, jamás volverán a ver a los suyos. En algunos casos, sus hijos las visitan a escondidas, porque si en la aldea se enteran, les pueden hacer lo mismo ya que les “habrán contagiado la brujería”, y serán expulsados a su vez.
Estuve en el centro de brujas que me dijeron y hablé con la directora para decirle que había un donante. Hablé largo y tendido con ella. Una mujer entrañable. Visité el centro. No sé si es posible imaginar cómo es, las condiciones en las que “viven”, la tristeza en sus caras, mezclada con el agradecimiento cuando Awa (la directora) les explicaba, a algunas de ellas, que yo había ido a ayudarlas, a dar dinero al centro. Otra vez la prepotencia y la impotencia, eternas crueles compañeras aquí.

Había 98 mujeres en ese centro. Sus edades oscilan entre los 45 y los 80 años aproximadamente. Awa me habla de que hay otro centro, el de Wende, donde hay casi 400. Me había asomado a la puerta de Wende un rato antes. Por error, el taxista me había llevado allí en vez de a éste. La visión había sido la misma.
Hice algunas fotos, no muchas, pero hoy no las voy a publicar, no me acompaña el ánimo.

Awa me dijo que si tuviera una grabadora, grabaría alguna de las historias que le cuentan las mujeres (algunas llevan allí más de 15 años), porque son cosas que no deben olvidarse. Me cuenta que son historias de terror, pero son reales.

Y lo más desolador es que estos centros (varios en Ouaga) apenas son la punta del iceberg de la realidad en las aldeas. Muchas no sobreviven a las acusaciones de brujería, las matan o las mutilan.

Todo esto me ayuda a seguir adelante con más ahínco en mi empeño de escolarizar: cultura, cultura y cultura. Y después, cultura.

El otro día comenté de pasada lo que le sucedió a una de las hijas de mi amiga Djeneba, gran amiga aquí en Gaoua. Está casada y son 5 niños de familia: tres propios y dos sobrinos acogidos por ella y su marido para que puedan estudiar (ellos están más o menos bien posicionados).

Todos los niños van solos a la escuela  desde muy pequeños. Ya comenté en alguna ocasión que los críos aquí son comandos autónomos desde que nacen. No les queda otra.

Hace un par de semanas su hija y su sobrina salían del colegio, a las 5 de la tarde, a plena luz del día. Un desconocido cogió a una de ellas e intentó llevársela; la otra gritó y corrió a pedir ayuda (tienen unos 7 años), la otra pateó, arañó y golpeó al desconocido (ya estaba  cargada a su espalda). Finalmente, fue tal el escándalo que el desconocido soltó a la niña y se marchó. La niña llegó a casa deshecha en lágrimas y asustadísima. Djeneba lo denunció a la gendarmería, quien puso en guardia a los profesores para que, a su vez, alertaran a los niños sobre estas situaciones, tan “habituales en estas fechas”. ¿Cómo????

Se acerca la Navidad, para obtener la dicha, la armonía, la suerte, el dinero, el trabajo… hace falta hacer ofrendas, sacrificios, y nada mejor que la sangre de un niño o una niña. Son los fetiches. Eso puede garantizar el “bonheur” para mucho tiempo. Sí, así es. Pasa también cuando se acerca una fiesta importante, no importa si católica o musulmana. Hay que hacer una buena y gran ofrenda.

No es una película de terror, es la realidad, aquí y ahora.

Djeneba estaba que no le llagaba la camisa al cuerpo. Si ese hombre se hubiera llevado a la niña, c’est fini. Ahora lleva ella misma a los críos al cole y los recoge. Tiene mucho miedo. No es para menos. No es habitual en las ciudades pero sí en la brouse (en las aldeas, la sabana), y a veces, como en este caso, llega a las ciudades.

Contra la barbarie: escolarización.

También en estos días he sabido de la frecuencia de los suicidios. Muchos de ellos entre adolescentes. Nadie me sabe explicar las razones.

El camarero de un maquis nos explicó la otra noche que su amigo se suicidó hace unos meses porque los padres le sacaron de la escuela y él quería estudiar:  18 años y una soga al cuello, así de terrible, así de desolador. Anoche supe de una adolescente que hizo lo mismo aquí en Gaoua hace unos días. Nadie sabe sus razones. Pregunté si podría tratarse de un matrimonio forzoso, pero no, aquí en la ciudad hace mucho que eso no existe.  También anoche supe de un padre de familia, pobre, absolutamente pobre, al que alguien le encomendó una tarea y tuvo que llevar 400.000 CFAs (unos 600 euros) a otro lugar. Los perdió. ¿Alguien le iba a creer? No os podéis hacer una idea de la fortuna que es ese dinero aquí. ¿Quién iba a creer que los ha perdido? Alguien que se muere de hambre y pierde 400.000 CFAs. Sería señalado de por vida, él  y su familia, como ladrón. Nadie en su familia podrá vivir en paz el resto de su vida, acusados de ladrones. Solución: la soga al cuello para salvar el honor de los suyos, para que no tengan que vivir en la vergüenza el resto de sus vidas y puedan vivir en paz, pobres, pero en paz. Nadie le iba a creer, NADIE.

Como veis, hoy tengo un mal día.

En cualquier caso, mañana volverá a salir el sol, y Blaise ingresará en el hospital para ser operado el lunes a primera hora. Son las cosas que de verdad merecen la pena. Son las cosas que me hacen seguir teniendo un poquito de fe en el futuro, un poquito.

Podría seguir escribiendo historias, pero creo que ya os he dado mucho la tabarra. Si habéis leído hasta aquí, gracias por vuestro tiempo.

Si creéis que la educación podría ser el camino, os pido vuestro granito de arena. Esto suena a publicidad barata, lo sé, pero estoy convencida de ello.

Un fuerte abrazo desde Gaoua.
Llanos.